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Un espacio para la literatura

El miedo y el tiempo

La sencillez de escribir y contar historias da cuenta de problemáticas que en algún momento reflejaron una etapa en la historia. Arte, expresión, vidas sentimientos. Podría enumerar aún más palabras que describan lo que encontramos en la literatura, medio por el cual se han hecho escuchar las voces de grande autores del siglo XIX y XX. Es interesante analizar sus obras, donde se pueden encontrar temáticas que representan aquellos siglos que son los pioneros de un cambio de vida. En esta edición abordaremos una de ellas: el miedo.
¿Fantasía o realidad? Cuando invade el pánico estos términos se confunden. Será porque la mente tergiversa sus diferencias o quizás la sensación perturbadora ciega toda racionalidad. El general Brown protagonista de “La cámara de los tapices” de Walter Scout. Era firme y sobreviviente de la guerra de Independencia norteamericana y se presenta como el referente de esta dualidad. El temor incontrolable se hace visible ante la presencia de un espectro que se hallaba en la habitación donde el dormiría. La obra fue escrita en 1829, época histórica, en la cual, el advenimiento de las maquinarias había definido un modo de vida que descartaba todo lo lógico.
Con el transcurso del tiempo esta nueva noción de subsistir marcada por el reloj, anunciado por la revolución industrial, aplastaba toda quietud. Sin embargo las voces del más allá tienen lugar en la vida de un solitario “Guardavía”. Así por lo menos lo contó Charles Dickens en 1866, en cuyo cuento el miedo se transforma en la tortura silenciosa, que penetra todas las noches y convierte la vida del protagonista en un suplicio que lo lleva a la muerte.
Cuando lo irracional se convierte en comedia
Nadie sabe con certeza si existen fuerzas sobrenaturales que deambulan, pero ante su aparición es mejor restarle importancia, con el único recurso que el hombre puede utilizar para no perderse en el mundo dominado por la sin razón: la ironía. Por lo menos así esta reflejado en “El fantasma de Canterville” escrito por Oscar Wilde en 1866, en medio del avance capitalista que surge con el triunfo de las máquinas en detrimento de las clases populares. El autor se anima a quitarle protagonismo al miedo para darle lugar a la comedia que disminuye su tensión.
Desde la niñez sentimos pánico por la muerte. Es inevitable. Llega en algún momento por más que Ivan Ilich, personaje de Leon Tostoi, suplique y se lamente ante el fin inminente que lo persigue. La conciencia no sirve, luego de haber desperdiciado una vida tras un éxito superficial y egoísta que demandaba el paso a la modernidad. De esta manera se aprecia en “La muerte de Ivan Ilich” de 1886 otra visión de un mundo cegado por la individualidad, que se hace presente, también, en la soledad y el temor de ser acompañado. Quien pensaría que el amor se transformaría en un miedo a temer.
Le teme al amor un apasionado lector, que al parecer utiliza la literatura como medio para eludir y censurar sus sentimientos que renacen en él ante una mujer. El acercamiento humano produce en el protagonista el ahogo de un miedo, que no lo deja continuar con su lectura. Italo Calvino pudo representar en “La aventura de un lector” escrita en 1958, el vacío más grande: el desamor.
La materialización del miedo
¿Sucederá? ¿Me salvaré? Imagino que eso debía preguntarse el náufrago, de García Márquez, que temía por la posible catástrofe que diera punto final a su vida. Su miedo se convirtió en realidad. Cuando los presentimientos se inmiscuyen en la mente y dan resultados acertados, se le hace difícil al protagonista enfrentar el desafió de sobrevivir ante la inmensidad de un mar. Pero nadie tiene garantizado un destino de rosas, aunque hay afortunados que tienen una segunda oportunidad. Y así fue para Luís Alejandro Velasco, protagonista del “Relato de un náufrago”, escrito en 1970. En una versión que describe con detalles su experiencia, antes contada a medias por causa del gobierno de facto que sufría Colombia en los años 50’.

Por M. Florencia Arean Goulu