La verdadera dimensión de su figura
El fundador de Merlo o en su principio “Villa de San Antonio del Camino”, punto inicial del pueblo, nació el 11 de agosto de 1693 en la ciudad de Sevilla, España.
Fue hijo de un próspero comerciante, Don Antonio de Merlo y de Doña. Juana Jerónima Barbosa, la historia no reflejó si tuvo hermanos.
En esos tiempos, el Imperio Español enfrentaba una enorme crisis financiera y la solución económica, los buscaba en la riqueza que saqueaba en las colonias, situadas en las nuevas tierras, las que ya tenían dueños, pero este derecho no fue respetado. Y debía controlar sus propias flotas, que lo robaban por eso, como medio de vigilar, designa al Puerto de Cádiz como único punto de partida y llegada de las naves que cruzan el Atlántico. El permanente movimiento de las naves, numerosos viajeros, que llegan y parten, los muelles atiborrados de distintas mercaderías, el trajinar de traficantes, aventureros, transforma a Cádiz en un imán de increíble atracción.
Don Antonio de Merlo, es un hombre de negocios y como tantos otros, no puede perderse la oportunidad y con su familia a cuesta, sale de Sevilla para Cádiz.
Francisco es un niño, pero tiene el espíritu emprendedor de su padre, lo acompaña para el muelle, pone atención en todo lo que escucha ¿cuánto? ¿Cómo? Compras, ventas, transacciones, todo le llama la atención y van forjando su espíritu emprendedor. No pierde el tiempo, sus padres lo preparan para el futuro, comerciante poderoso, no repara en gastos para su educación, en esa época no había escuelas públicas, ni enseñanza gratuita y es así que puede contar con los mejores maestros, estudia comercio, matemáticas, leyes, tiene hambre de saber.
Recorre, en los pocos momento libres, los muelles y las calles de sus alrededores, escucha historias, cuentos, leyendas, fantasías, “qué tierra” suele soñar, pero es hombre práctico, los ejemplos y los consejos de su padre lo colocaron en la senda correcta y lo que aprendió, lo supo aprovechar, construyó su propia preparación para cumplir sus sueños “la nueva tierra, cuantas cosas para hacer”, aún a través de los relatos, supo saber lo que era realidad y lo que era un sueño y se entusiasmó y en el año 1712, con solo 19 años de edad, desembarcaba en el Puerto de la Trinidad, de la Ciudad de Santa María de los Buenos Aires, en las orillas del Riachuelo de los Navíos, en estas fantasiosas aguas del Río de La Plata.
Desembarca, con sus cargas de sueños y esperanzas, allí ya frente a él, está la ciudad esperada, un caserío, pero sonríe, no se desespera, no vino a buscar la ciudad de los Césares, no busca el Dorado, ni historias fantasiosas, joven practico sabe lo que busca, en principio se busca a si mismo.
Conocía la ciudad ¿cómo? Había llegado a sus manos, las descripciones que el escritor historiados francés Messiac , que había visitado el Río de La Plata, escribió: “La ciudad está situada sobre la ribera escarpada al borde del río, en algunos lugares tiene alrededor de cuarenta pies de altura, se puede fácilmente fortificar pues tiene todo a manos. Las casas no son muchas, están construidas con tierra batida entre maderos, la que se moja un poco. Son de una planta y sin otros avisos, del mismo modo que los conventos, están techados con pajas y ramajes. La iglesias están techadas con tejas, se construyen sin magnificencia, igual que las casas, las calles carecen de piso y están sin asfaltar, no se encuentran ni una sola piedra en todo el campo, todo es planicie unida, de suerte que la ciudad nada puede aprovecharla. Se trata en fin, de un pueblo abierto, cuyas casas recubiertas de paja y construidas en barro. El único edificio público es el ayuntamiento, que sirve de cárcel y lugar de reunión. El agua que usa es la del Río que es muy buena. Creo que habrá unas cien casas de habitantes adinerados, los demás no hacen más que vegetar. No hay mendigos, he contado alrededor de dos mil mujeres casadas y solteras que viven en su mayoría de su trabajo o de sus amores secretos. La mayor parte de los maridos están largo tiempo ausentes y se dedican a los negocios, agricultura o minas. He visto unos mil niños menores de diez años y unos 60 religiosos estimo que habrá unas 6.360 almas”.
Tres décadas después de este relato, el cambio en la ciudad no fue muy notorio, había si muchas casas más, de material, las calles no habían mejorado nada, se notaba movimiento en el puerto y actividad en las playas de carretas.
Francisco no había venido en busca de aventuras buscando fortunas, desde un principio demuestra que su ambición personal es afincarse, construir en estas tierras su futuro.
Y comienza por buscar un empleo, y el Escribano Domingo Lezcano, con oficinas, ve en el joven bien preparado intelectualmente, la oportunidad de contar con un buen empleado y lo toma con un salario mensual de 8 pesos, los que con seguridad, no le alcanzaron, para llegar a tanto, señal evidente que cuando llegó, lo hizo con capital propio.
Su personalidad, su posición en la escribanía, le permitieron granjearse la amistad de las familias de la ciudad.
Rápidamente forma un hogar, se casa a los 19 años con una de las damas reconocidas de la sociedad, el 13 de noviembre de 1713, con Doña Francisca del Toro y González Marquina, hija de Nicolás de Toro y de Dona Francisca González de Sanabria y Marquina.
Al contraer matrimonio Francisco toma posesión de solares sobre el Río Matanza, herencia recibida por su esposa, por parte de su abuelo el Capitán del Rey Don González de Acosta, que se los había cedido el Rey por sus servicios a la Corona en 1670.
Conoce así la llanura pampeana, su inmensidad lo llena de asombro “un gigantesco e interminable mar verde”.
De de éste su primer matrimonio nacen once hijos. 1º Nicolás Francisco: bautizado el 6 de diciembre de 1714. 2º Josefa: bautizada el 4 de mayo de 1716 3º Francisca Gregoria: bautizada el 19 de febrero de 1717. 4º María Jacinta: bautizada el 20 de agosto de 1719. 5º José Antonio Valentín: nacido el 13 de noviembre de 1719, bautizado el 20 de febrero de 1720, fue doctor, cura, vicario del Curato de La Matanza y parte de Las Conchas en la parroquia interina Virgen del Camino, desde 1744, luego Cura Párroco en la Parroquia de Morón, inaugurando la Iglesia en el año 1774. 6º Francisca Bartolina: bautizada el 28 de agosto de 1720. 7º Lucia Catalina: bautizada el 20 de diciembre de 1721. A los 18 años se casa con el Capitán de Dragones del rey Don Juan de Segrera, viajando a Barcelona, donde se radican. 8º Juan Francisco: bautizado el 4 de febrero de 1723. 9º Pedro Ignacio: bautizado el 22 de mayo de 1727. 10º Ana María: no se encontraron datos de su nacimiento, ni bautismo, se sabe si que se casó el 24 de junio de 1744 con Juan Bautista de Lizardi. 11º María del Tránsito: se desconocen datos.
En esos tiempos no existían los registros civiles y las inscripciones de nacimiento, bautismo, casamiento, fallecimiento se realizaban en las Capillas o Iglesias, mucha información se extravió y en otras ocasiones, no se anotaron en las fechas correspondientes.
Al fallecer su primera esposa, Don Francisco de Merlo se casa por segunda vez, con María Teresa Gamiz de Las Cuevas y Lazarte, viuda de Antonio Díaz de Cabrera y de Julián de La Linde, tienen un solo hijo Gregorio Ramón, quien nación en Buenos Aires el 2 de julio de 1750, tres días después es bautizado en la Iglesia Catedral, por el Mercedario Fray Gregorio de Leguizamón.
Don Francisco de Merlo, fue profundamente católico y pertenecía a la Orden de Los Mercedarios, se llamaban así por su adoración que sentían por la Virgen de La Merced, de esta cofradía de laque era Terciario, el 9 de julio de 1756 el Obispo Marsellano de Agramante, lo designó como “Mayordomo Perpetuo de la Cofradía de la Santísima Virgen del Camino”.
Hombre de paz, nunca lucio espada, aunque por su rama y el conocimiento que el pueblo tenía de él, el Gobierno de Buenos Aires lo designa Capitán de Milicias, cargo que jamás ocupó.
Su vida fue siempre un ejemplo, su conducta fue intachable, desde sus comienzos como funcionario de una escribanía la de Domingo Lezcano donde trabaja hasta los 23 años.
En esos tiempo, los cargo públicos se hacía por oposición, el interesado debía presentar una propuesta de dinero, la mejor postura era la favorecida, pero había otras condiciones para obtener el cargo, no sólo debía realizar la mejor oferta (no existen datos de los que ofreció Merlo) tenía que demostrar lealtad, una posición económica muy holgada, bien entendidos, poseer conocimientos de leyes, ser libres, cristianos, de limpia conducta, no poseer malos antecedentes.
Como avales de su pretensión de ocupar el cargo de Escribano Público y de Gobierno, que estaba en juego, presentó un escrito del médico Cirujano Don Francisco Juan de San Martín, que declaró que conocía a Don Merlo, desde el año 1703, cuando ambos vivían en Cádiz, España. Además firmaron por él los ciudadanos de Buenos Aires Don Juan Martín de MENA, Don Juan Vicente Bertolaza, Don Antonio Jifaso.
En el cumplimiento de su función pública, además de muy eficiente, demostró mucha honradez, lo que le permitió que el 4 de junio de 1734 fuera designado en un cargo muy superior, como Escribano del Cabildo.
Normalmente residía en la ciudad, pero se desplazaba continuamente por sus propiedades en la llanura, su casa estaba situada sobre la Calle San Juan (en la actualidad Piedras) y era tan conocido, que los mapas de la época que A. Taullard en sus libros publicó, donde el nombre figuraba como la “Calle de Merlo”.

Por Angel M. Díaz - Director de Vivir en el Oeste